Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Conviene observar que aquel niño, que tenÃa una gran fuerza de resistencia vital, debÃa oponer una dureza poco común a tantas causas de empobrecimiento fÃsico. Siempre hambriento, no pesaba más que la mitad de lo que hubiera debido pesar a su edad; siempre tiritando durante los frÃos del invierno, no llevaba sobre su camisa más que un viejo pedazo de paño, al que habÃan hecho dos agujeros para sacar los brazos; pero sus pies descalzos se apoyaban firmemente en el suelo, y sus piernas eran sólidas. Los cuidados más elementales hubiesen dado pronto su valor a aquella delicada máquina humana, dotándole después de inteligencia para el trabajo. Pero a no ser por alguna circunstancia imprevisible, ¿dónde los habÃa de encontrar y de qué mano podÃa esperarlos?
Una sola palabra sobre la menor de las niñas. Una fiebre lenta la consumÃa. La vida se retiraba de ella como el agua de un vaso cascado. Hubiera tenido necesidad de medicinas, y las medicinas son costosas; necesitaba un médico, y un médico no vendrÃa de Donegal para una pobre niña, nacida no se sabe dónde. La Hard no pensaba en ello. Una vez muerta aquella niña, la casa de caridad le enviarÃa otra, y no perderÃa los chelines que trataba de ganar con sus niños.