Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —¡No… no…! —repetÃa—. ¡Qué revienten!
Era el mes de octubre. En el interior de aquella casa, apenas cerrada, y donde caÃa la lluvia a través del techo de paja, el frÃo era intenso. Soplaba el huracán; el mezquino fuego de césped no bastaba para mantener una temperatura soportable.
Sissy y Hormiguita se apretaban el uno contra el otro sin conseguir entrar en calor. Mientras la enfermita pasaba la fiebre en la cama de paja, la Hard iba de un lado a otro, con paso mal seguro, rozando las paredes, dejando al niño en algún rincón. Sissy se arrodillaba junto a la enferma, humedeciéndole los labios con agua frÃa.
De vez en cuando miraba al hogar, en el que el fuego amenazaba apagarse. La marmita no estaba allÃ, y además, nada hubiera habido que meter en ella.
La Hard gruñÃa en voz baja:
—¡Cincuenta chelines! ¡Alimentar a un niño con cincuenta chelines! ¡Y si pido un suplemento a ésos sin corazón de la casa de caridad, me enviarán al demonio!
Era probable, casi cierto, y aunque se le concediera el tal suplemento, los tres pobres seres no hubieran obtenido un pedazo más.