Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Con el nuevo año siguieron los fríos rigurosos. No se salía de la granja. Verdad es que en el interior no faltaba trabajo. ¿No era preciso dedicarse a la alimentación y al cuidado del ganado? Hormiguita estaba encargado especialmente del corral. Los pollos y polluelos estaban tan bien tratados como registrados. En sus ocios no olvidaba que tenía una ahijada ¡Qué alegría experimentaba al tener a Jenny en sus brazos, en provocar su sonrisa sonriéndole, en cantarle canciones, en mecerla para dormirla cuando su madre estaba ocupada! Un padrino casi es un padre, y miraba a la niña como a una hija. Con este motivo formaba proyectos ambiciosos para el porvenir. Ella no tendría más maestro que él. La enseñaría primero a hablar, después a leer y a escribir, a ser «ama de su casa» más tarde.
Hormiguita había aprovechado las lecciones de Martin y de sus hijos, sobre todo las que le daba Murdock. Había, pues, adelantado mucho desde que dejó a Grip, aquel pobre Grip que seguía ocupando su pensamiento, y cuyo recuerdo jamás debía borrarse.