Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Sin gran retraso reapareció la primavera, después de un invierno bastante crudo. El joven pastor, acompañado de su amigo Birk, volvió a su trabajo habitual. Bajo su guarda, los carneros y cabras volvieron a los prados, a una milla en torno a la granja. Deseaba que su edad le permitiese tomar parte en los trabajos del campo, que exigían un vigor que, a despecho suyo, le faltaba aún. Algunas veces hablaba de esto con la abuela, que le respondía sacudiendo la cabeza:

—Paciencia. Ya llegará.

—¿Pero entretanto, no podría sembrar un poco?

—¿Te daría eso placer?

—Sí, abuela. Cuando veo a Murdock y a Sim arrojar el grano, balanceando sus brazos, y andando a paso regular, tengo grandes deseos de imitarles. ¡Es un trabajo tan hermoso y tan interesante! ¡Pensar que ese grano va a germinar en la tierra, convirtiéndose en espiga larga… larga! ¿Cómo sucede eso?

—Yo no sé nada, hijo mío, pero Dios lo sabe y es suficiente.

De esta conversación resultó que algunos días después se vio a Hormiguita arrojar la avena en una parcela preparada por el arado, con una precisión perfecta, lo que le valió los plácemes de Martin MacCarthy.


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