Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés La consecuencia de todo esto fue que el movimiento nacional tendió acentuarse en los condados. Cosa que llega siempre que una nube de miseria se eleva en el horizonte de la campiña irlandesa. Sonaron las recriminaciones mezcladas a los desesperados gritos de los partidarios de la liga agraria. Fueron proferidas terribles amenazas contra los propietarios del suelo, fuesen o no extranjeros, y no se olvide que los landlords escoceses o ingleses eran considerados como tales. Aquel año, en junio, en Westport las gentes amenazadas por el hambre acababan de gritar: «Hundid de un puñetazo las granjas» y la frase general que se repetía en los campos era «¡La tierra para los campesinos!».
Algunas escenas de desorden estallaron en los territorios de Donegal, de Sligo, de Galway. Kerry no estuvo exento de lo mismo. Con gran temor veían la abuela, Martina y Kitty que a menudo Murdock abandonaba la granja, ya de noche, y que no reaparecía hasta el día siguiente, fatigado por largas jornadas, y más sombrío que nunca. Volvía de esos mítines organizados por los principales colonos, donde se predicaba la rebelión, el levantamiento contra los lores, la huelga universal que obligaría a los propietarios a dejar sus tierras en baldío.