Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Después de haber pasado por tantas pruebas, ¿no había, pues, llegado al término de sus miserias el día en que fue recogido en Kerwan? ¿El porvenir le reservaba otras más duras aún? Tenía entonces ocho años y medio. Bien constituido para su edad, habiendo tenido la fortuna de escapar a las enfermedades de la infancia, ni los sufrimientos, ni los malos tratos, ni la falta de cuidados habían podido debilitar su organismo.

Se dice de las calderas de vapor que están probadas a tantas atmósferas, cuando se las ha sometido a las presiones correspondientes. Pues bien, Hormiguita había estado probado, ésta es la palabra, al máximo de resistencia. Se veía en sus anchos hombros, en su pecho ya alto, en sus miembros delgados, pero nerviosos y de fuertes músculos. Su cabello se oscurecía y lo llevaba cortado en vez de aquellos bucles que Miss Anna Waston hacía caer sobre su frente. Sus ojos, de un azul oscuro, de pupila resplandeciente, atestiguaban una extraordinaria viveza. Su boca ligeramente apretada, su barbilla fuerte, indicaban la decisión y la energía de su carácter. Esto era lo que más particularmente había atraído la atención de su nueva familia. Los labradores serios y reflexivos son buenos observadores, y no se les había escapado que aquel jovencillo se hacía notar por sus instintos de orden y de aplicación, y ciertamente se educaría si encontraba ocasión de ejercitar sus aptitudes naturales.


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