Aventuras de un niño irlandés

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Mister Scarlett se ocupó del asunto. No tenía duda para él que la cartera había caído del coche en el trayecto de Newmarket al castillo. Esto era evidente, aunque indicase el abandono del noble lord. Mas puesto que sus dueños exigían que él hiciese constar un robo, que descubriese un ladrón, lo descubriría aunque tuviese que meter en un sombrero los nombres de todos los criados y hacer responsable del crimen al primero que saliese.

Lacayos, ayudas de cámara, mujeres del servicio, cocineros, cocheros y mozos de cuadra comparecieron ante el intendente. Claro es que ellos protestaron de su inocencia, y aunque mister Scarlett tuviese ya su opinión formada en el asunto, les hizo malévolas insinuaciones, amenazándoles con entregarlos a los constables si la cartera no parecía. No solamente había sido robada una suma de cien libras, sino que los ladrones habían igualmente sustraído un acta auténtica que establecía los derechos de lord Piborne en el proceso pendiente. ¿Y por qué algún criado no hubiera podido hacer traición a su amo en provecho de la parroquia? Pues bien; como se le echase la mano encima, podía considerarse muy dicho de ser llevado a las penitenciarías de la isla de Norfolk… Lord Piborne era poderoso, y robar a un señor como él era tanto como robar a un miembro de la familia real.


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