Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Quien le hubiera observado desde la víspera, habría notado el cambio operado en su fisonomía. Presa de cierta ansiedad, miraba alrededor como si sintiera el temor de ser espiado. Su paso era rápido, y poco faltó para que echase a correr con toda la velocidad de sus piernas.
Daban las nueve de la mañana cuando pasó las últimas casas de Newmarket. El sol brillaba con fuego vivo. Con el fin de abril empieza la primavera en aquellos lugares. En el campo había alguna animación. Pero nuestro joven parecía tan preocupado, que ni el arado trabajando el suelo, ni los sembradores lanzando el grano, ni los animales esparcidos por los prados, nada despertaba en él los recuerdos de Kerwan… No… caminaba derecho, llevando a su lado a Birk, pues esta vez no era el perro el que guiaba a su joven amo.
En dos horas anduvo seis o siete millas de Newmarket a Kanturk. Hormiguita atravesó este pueblo sin tomar descanso alguno. Había almorzado en el camino un pedazo de pan, del que dio la mitad a su fiel Birk, y cuando se detuvo, el reloj marcaba el mediodía en el torreón de Trelingar-Castle.