Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —Deseo no hablar de ello más que a lord Piborne.
—Pues bien, fuera de aquÃ. El marqués no está en el castillo.
—Le esperaré.
—No, al menos aquÃ.
—Volveré.
A otro que no fuera el duro Scarlett le hubiera llamado la atención la singular tenacidad de aquel niño y el tono resuelto de sus respuestas. Se hubiera dicho que si él venÃa a Trelingar-Castle era un motivo serio el que allà le habÃa conducido, prestándole una atención complaciente. Pero él, irritándose, gruñó:
—No se habla asà a su señorÃa, lord Piborne. Yo soy el intendente del castillo. A mà es a quien debes dirigirte, y si no quieres decirme lo que te trae…
—No puedo decÃrselo más que a lord Piborne, y le suplico que le avise.
—Chicuelo —respondió Scarlett levantando el látigo—, largo de aquà o los perros te morderán las piernas… Ten cuidado.
Y sobreexcitados por la voz del intendente, los perros empezaron a acercarse. Todo el temor de Hormiguita era que Birk, lanzándose fuera de su escondite, viniera en su ayuda, lo que hubiera complicado las cosas.