Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés En este momento, a los furiosos ladridos de los perros, que ladraban con furor creciente, el conde Ashton apareció en el fondo del patio y avanzó hacia la verja.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Un mozo que viene a mendigar.
—Yo no soy un mendigo —repitió Hormiguita.
—Un galopín de los caminos.
—¡Huye, villano, o no respondo de mis perros! —exclamó el conde.
En efecto, estos animales que el joven Piborne trataba de contener, se mostraban muy amenazadores.
Pero he aquí que en el umbral de la puerta central lord Piborne apareció en toda su majestad, y advirtiendo entonces que mister Scarlett no había partido aún para Kanturk, bajó con mesurado paso las escaleras, atravesó el patio y se informó de la causa del retardo y del ruido.
—Excúseme su señoría… Es este mendigo que se empeña…
—Por tercera vez, señor —insistió con firmeza Hormiguita—, le digo que no soy un mendigo.
—¿Qué quiere este mozo? —preguntó el marqués.
—Hablar con su señoría.
Lord Piborne dio un paso, tomó una actitud feudal y, enderezándose, dijo: