Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —No, pero ese miserable Asthon estaba más humillado de verse en tierra bajo mi rodilla que si le hubiese golpeado.
—Es igual; yo le hubiese pegado encima.
Durante la narración de estas interesantes aventuras, la alegre trinidad subÃa por la orilla derecha del canal. Grip pedÃa siempre nuevos detalles. No ocultaba su admiración ante Hormiguita. ¡Qué instinto poseÃa del comercio! ¡Qué genio, que sabÃa comprar y vender, que sabÃa contar, por lo menos tan bien como mister O’Bodkins! Cuando Hormiguita le dijo que tenÃa ciento cincuenta libras en caja, exclamó:
—Entonces eres tan rico como yo. Solamente que yo he tardado seis años en ganar lo que tú en seis meses. Te repito lo que te dije en Cork: harás fortuna.
—¿Dónde?
—Por donde quiera que vayas —respondió Grip con el acento de la más absoluta convicción. En DublÃn, si te quedas aquÃ. En otro lado, si vas a otro lado.
—¿Y yo? —preguntó Bob.
—También tú, con la condición de que se te ocurran ideas como la de los pájaros.
—Las tendré.
—Y que no hagas nada sin consultar al patrón.
—¿Quién?…
—¡Hormiguita! ¿No te ha hecho el efecto de un patrón?