Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —Y bien —dijo éste—, hablemos de nuestros asuntos.
—SÃ, pero después de almorzar. Estoy libre todo el dÃa. Conozco la ciudad como las calderas o las cuevas del Vulcan. Es preciso que yo te dirija y que recorramos juntos DublÃn. Tú verás lo que más te conviene hacer.
Almorzaron en una taberna de marineros, en el muelle. Se almorzó bien, pero sin repetir las magnificencias del inolvidable festÃn de Cork. Grip contó sus viajes con gran gusto de Bob. Hormiguita escuchaba, siempre pensativo, superior a su edad por el desarrollo de su inteligencia, lo serio de sus ideas, la tensión permanente de su espÃritu. ParecÃa haber nacido a los veinte años, y que ahora tuviera treinta.
Grip dirigió a sus amigos hacia el centro de la ciudad, aproximándose al Liffey. Allà estaba el centro opulento. Gran contraste con los sitios pobres, pues en la capital de Irlanda no hay punto de transición. La clase media falta en DublÃn. El lujo y la pobreza se codean. El barrio elegante se extiende hasta Stephens square. Allà habÃa esa burguesÃa elevada, de educación amable, instrucción cultivada, y que por desdicha se divide en las cuestiones polÃticas y religiosas.