Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Nada más exacto: la competencia era temible, y la carreta de Birk, llena por la mañana, hubiera corrido el riesgo de seguir estándolo por la noche.

Continuando el paseo, llegaron a otras calles magníficas, con hermosos edificios; el de Correos, cuyo pórtico central descansa sobre dos columnas de orden jónico. Hormiguita pensaba en la enorme cantidad de cartas que están allí, como una nube de pájaros que vuelan sobre el mundo entero.

—De aquí —dijo Grip— se te entregarán las cartas dirigidas a ti… ¡mister Hormiguita, comerciante… Dublín!

El joven no podía menos de sonreírse ante las manifestaciones exageradas y entusiastas de su antiguo compañero de la Ragged-School. Vieron el edificio del Palacio de justicia, con su larga fachada de sesenta y seis toesas, su cúpula, sus doce ventanas, que el sol iluminaba aquel día.

—Espero —dijo Grip— que no entrarás jamás en relaciones con este edificio.

—¿Y por qué?

—Porque es una caldera como la del Vulcan; solamente que no es carbón lo que consume, sino clientes que se queman a fuego lento, y que los mercaderes de leyes meten en el horno.

—No se hacen negocios sin arriesgar procesos, Grip.


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