Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —Pues procura tener los menos posibles. Cuestan caros cuando se ganan, y arruinan cuando se pierden.
Y Grip sacudió la cabeza con aire inteligente. Pero cambióse de tono cuando los tres admiraron un edificio circular, cuyo trazado arquitectónico reproducÃa los esplendores del orden dórico.
—¡El Banco de Irlanda! —exclamó Grip saludando—. He aquà un sitio donde deseo entrar veinte veces por dÃa. ¡Hay cofres tan grandes como casas! ¿No te gustarÃa vivir en una de estas casas, Bob?
—¿Son de oro?…
—No; ¡pero está en oro todo lo que hay dentro! Espero que en ella guarde su dinero Hormiguita algún dÃa.
¡Siempre las mismas exageraciones, que salÃan de un corazón convencido! Hormiguita escuchaba a medias, mirando aquel espacioso edificio, donde tantas fortunas acumuladas formaban «montones de millones, unos sobre otros», a creer al fogonero del Vulcan.
Siguióse el paseo, marchando sin transición de calles miserables a calles felices; aquà los ricos, holgazaneando la mayor parte; allà los pobres, tendiendo la mano, sin tratar de apiadar mucho al paseante.