Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—¡Posible sería eso! —respondió Grip—. ¡Yo no sirvo para casarme más que con una negra… o todo lo más con una piel roja… del fondo de los Estados Unidos!

—Grip —dijo Hormiguita—, haces mal en burlarte. Te hablamos en interés tuyo. Con la edad, te arrepentirás de no haberme escuchado.

—¿Qué quieres? Sé que eres razonable, y vivir juntos sería una gran dicha… Pero mi oficio me alimenta… y no puedo hacerme a la idea de abandonarlo.

—En fin… cuando quieras, aquí habrá siempre un lugar para ti. Y mucho me asombrará que no llegue un día en que te vea instalado ante un cómodo escritorio con la pluma en la oreja e interesado en la casa.

—Será preciso que cambie mucho.

—Cambiarás, Grip. Todo el mundo cambia. Esto es lo sabio, cuando es para mejorar.

A despecho de estas instancias, Grip no se rindió. Lo cierto era que amaba su oficio, que los armadores del Vulcan le demostraban sus simpatías, que el capitán le apreciaba y sus compañeros le querían. Así, deseoso de no disgustar a Hormiguita, dijo:

—¡A la vuelta… a la vuelta… veremos!

A la vuelta decía lo mismo:

—¡Veremos!… ¡Veremos!


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