Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —Tiene razón —respondió Hormiguita—; y crea que no me dejaré arrastrar. Lamento, no obstante, que el dinero depositado en el Banco de Irlanda no tenga un empleo más lucrativo. Es dinero que duerme, y cuando se duerme no se trabaja.
—No, se reposa, y el reposo es tan preciso al dinero como al hombre.
—Sin embargo, mister O’Brien, si se presentase alguna ocasión…
—No bastarÃa que fuese buena; preciso serÃa que fuera excelente.
—Conformes; y en ese caso, estoy seguro que usted serÃa el primero en aconsejarme…
—¿Aprovecharla? Ciertamente; a condición que entrara en el género de tus negocios.
—Asà es como yo lo entiendo, mister O’Brien, y jamás se me ocurrió la idea de arriesgarme en operaciones de las que nada entiendo. Pero obrando con prudencia, se puede buscar el modo de extender el comercio.
—Y en tales condiciones yo lo aprobarÃa. Y si tengo noticias de algún negocio de toda seguridad… SÃ… Tal vez… En fin, veremos.
Y en su prudencia, el antiguo comerciante no quiso decir más.