Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El tiempo se templó durante aquel día, pero con menoscabo de su claridad. Se perdió la tierra de vista, y el termómetro subió a 32° (0° centígrados). Algunas ortegas volaban en distintas direcciones, y bandadas de gansos salvajes se dirigían al Norte. La tripulación tuvo que aligerarse de ropa, sintiendo la influencia del verano en aquellas comarcas árticas.
Por la tarde, el Forward dobló el cabo Garry a un cuarto de milla de la playa, en un fondo de diez a doce brazas, y desde entonces la recorrió de cerca hasta llegar a la bahía de Brentford. Bajo aquella latitud debía encontrarse el estrecho de Bellot, estrecho que John Ross no sospechó siquiera en su expedición de 1828. Sus cartas, en efecto, indican una costa no interrumpida, de la cual anota y nombra las menores irregularidades con el mayor esmero. Es, pues, preciso admitir que en la época de su exploración, la embocadura del estrecho, completamente cerrada por los hielos, no podía, en manera alguna, distinguirse de la misma tierra.
Aquel estrecho fue recientemente descubierto por el capitán Kennedy durante un viaje que realizó en abril de 1852, y le dio el nombre del teniente Bellot, «justo tributo —dice él— a los importantes servicios prestados a nuestra expedición por el oficial francés».