Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Aquà están —respondió Johnson— las tres tumbas de los marinos de Franklin! Estoy seguro de ello, no me habÃa engañado, y a cien pasos de nosotros deberÃan hallarse las habitaciones, y si no están… será que…
No se atrevió a concluir su pensamiento; Hatteras sé habÃa precipitado hacia delante, y se apoderó de él un terrible sentimiento de desesperación. AllÃ, en efecto, debÃan estar los almacenes tan deseados con las provisiones de toda especie con que él contaba; pero la ruina, el saqueo, el derrumbamiento, la destrucción, habÃa pasado por aquel sitio en que manos civilizadas crearon inmensos recursos para los navegantes necesitados. ¿Quién se habÃa entregado a semejantes depredaciones? ¿Los animales de aquellas comarcas, los lobos, las zorras, los osos? No; porque los animales no hubieran destruido más que los vÃveres, y no quedaba ni un harapo de tienda, ni un fragmento de palo, ni un pedazo de hierro; ni una partÃcula de un metal cualquiera, y, circunstancia la más terrible para los tripulantes del Forward, ¡ni un resto de combustible!