Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Casi todas las noches el doctor podía observar magníficas auroras boreales. Desde las cuatro de la tarde a las ocho de la noche el cielo se coloreaba ligeramente hacia el Norte, y luego este tinte tomaba la forma regular de un recamado amarillo pálido, cuyas extremidades parecían apoyarse en el campo de hielo. Poco a poco la zona brillante se elevaba en el cielo, siguiendo el meridiano magnético, y aparecía estriada de fajas negruzcas, se desprendían chorros de una materia luminosa, que se prolongaban disminuyendo o aumentando su resplandor, y el meteoro, llegado a su cénit, se componía frecuentemente de varios arcos, que se bañaban en las ondas de luz, rojas, amarillas o verdes. Aquello era un deslumbramiento, un incomparable espectáculo. Luego las diversas nubes se reunían en un solo punto y formaban auroras boreales de una opulencia enteramente celeste. Por último, los arcos se acercaban unos a otros, la espléndida aurora palidecía, los rayos intensos se fundían en claridades pálidas, vagas, indeterminadas, indecisas, y el maravilloso fenómeno, debilitado, casi extinguido, se desvanecía insensiblemente en las nubes de sol oscurecidas.
