Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los infelices se hallaron entonces sin abrigo en medio de la tempestad, haciendo un frÃo de un rigor extremo. Hatteras armó inmediatamente la tienda, pero ésta no pudo resistir la violencia del huracán, y fue menester abrigarse con un lienzo, el cual quedó muy pronto cubierto por una densa capa de nieve. Pero al menos aquella nieve, impidiendo al calor irradiar hacia fuera, preservó a los viajeros del peligro de helarse.
Las ráfagas no cesaron hasta el dÃa siguiente. Engancharon los perros, escasamente alimentados. Bell notó que tres de ellos habÃan empezado a roer las correas, y que dos parecÃan muy enfermos y ya no podÃan andar mucho.
Sin embargo, la caravana, bien o mal, volvió a emprender su marcha. HabÃa aún que andar sesenta millas antes de alcanzar el punto indicado.
El 26, Bell, que iba delante, llamó a sus compañeros. Éstos acudieron, y él, asombrado, les enseñó una escopeta arrimada a un témpano.
—¡Una escopeta! —exclamó el doctor.

Hatteras la cogió: estaba bien conservada y cargada.
—Los hombres del Porpoise no pueden estar lejos —dijo el doctor.