Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Esto no es un escondrijo —respondió Hatteras—, es una tumba.
El cadáver quedó expuesto al aire libre. Era el de un marinero de unos treinta años. Se hallaba en perfecto estado de conservación, y llevaba el vestido propio de los navegantes árticos. El doctor no pudo decir cuál debió de ser la fecha de su muerte.
Pero junto a aquel cadáver, Bell descubrió otro, el de un hombre de unos cincuenta años, que aún llevaba en su semblante la huella de los dolores que le habÃan matado.

—Éstos no son cuerpos enterrados —exclamó el doctor—. Estos desgraciados han sido sorprendidos por la muerte tal como nosotros los encontramos.
—Tenéis razón, Clawbonny —respondió Bell.
—¡Continuad, continuad! —dijo Hatteras.
Bell apenas se atrevÃa. ¿Quién era capaz de decir cuántos cadáveres humanos encerraba aquel montoncillo de hielo?
—Esas gentes han sido vÃctimas del accidente a que nosotros mismos hemos estado muy expuestos —dijo el doctor—. Su casa de nieve se ha desplomado. Veamos si alguno de ellos respira todavÃa.