Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Siguieron las excavaciones, y Bell extrajo un tercer cuerpo, el de un hombre de cuarenta años, que no tenía la apariencia cadavérica de los otros. El doctor se inclinó hacia él y creyó sorprender aún algunas señales de vida.
—¡Vive! ¡Vive! —exclamó.
Bell y él lo transportaron a la casa de nieve, mientras Hatteras, inmóvil, contemplaba la morada arruinada.

El doctor desnudó completamente al infeliz desenterrado y no halló en él ninguna herida. Ayudado por Bell le dio fuertes friegas con estopa empapada de alcohol, y sintió poco a poco renacer la vida en él; pero el desgraciado se hallaba en un estado de postración absoluta, y completamente privado del uso de la palabra. Su lengua estaba adherida a su paladar y como helada.
El doctor registró los bolsillos de sus vestidos. Estaban vacíos. No había, pues, ningún documento. Dejó a Bell que continuase las fricciones, y se fue a buscar a Hatteras.
Éste, bajando a las concavidades de la casa de nieve, había registrado la tierra con cuidado, y subió teniendo en la mano un fragmento medio quemado del sobre de una carta, en el cual se podían aún leer estas palabras:
… tamont.