Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Habían muerto dos de los seis perros de tiro, y Duck se ofreció él mismo espontáneamente para tirar del trineo, lo que hizo con la conciencia y la resolución de un perro groenlandés.

Por espacio de veinte días, desde el 31 de enero al 19 de febrero, la vuelta ofreció a poca diferencia las mismas peripecias que la ida. Pero como la vuelta era en febrero y este mes es el más frío del invierno, el hielo presentaba en todas partes una superficie resistente. La temperatura hizo sufrir espantosamente a los viajeros, pero no tuvieron que luchar con torbellinos y huracanes.

El sol había reaparecido por primera vez desde el 31 de enero, y cada día se mantenía más tiempo en el horizonte. Bell y el doctor ya habían agotado sus últimas fuerzas, y estaban ya casi ciegos y extenuados, de suerte que el carpintero no podía andar sin muletas.

Altamont vivía, pero en un estado de insensibilidad completa. Algunas veces se desesperaba de salvarle, pero inteligentes y asiduos cuidados le volvían a la vida. Y, sin embargo, el buen doctor tenía gran necesidad de cuidarse a sí mismo, pues su salud se quebrantaba más y más con tantas fatigas.


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