Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Además —repuso Johnson—, ¿no podemos encontrar en el estrecho algún buque obligado a invernar?
—Y en caso necesario —respondió el doctor—, si el estrecho está obstruido, ¿no podemos, atravesándolo, alcanzar la costa occidental de Groenlandia, y desde allÃ, ya sea desde el cabo Prudhoe, ya sea desde el cabo York, llegar a algún establecimiento danés? ¡En fin, Hatteras, nada de eso se encuentra en este campo de hielo! ¡El camino de Inglaterra está allà abajo, al Sur, y no aquà al Norte!
—Sà —dijo Bell—; el señor Clawbonny tiene razón, debemos partir, y partir sin tardanza. Hasta ahora hemos olvidado demasiado nuestro paÃs y las personas queridas que hemos dejado allÃ.
—¿Es ésta vuestra opinión? —preguntó de nuevo Hatteras.
—SÃ, capitán.
—¿Y la vuestra, doctor?
—SÃ, capitán.
Hatteras volvió a quedar silencioso; su rostro, a pesar suyo, reproducÃa todas sus agitaciones interiores. Con la decisión que iba a tomar se jugaba la suerte de toda su vida. Si retrocedÃa, se despedÃa para siempre de sus atrevidos designios, pues no podÃa renovar una cuarta tentativa del mismo género.
El doctor, viendo que callaba el capitán, volvió a tomar la palabra.