Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras En fin, la comitiva se detuvo a cosa de las ocho de la noche, después de haber ganado quince millas. El tiempo permanecía seco; se levantó la tienda, encendieron la estufa, y se dispusieron a pasar la noche, que se deslizó pacíficamente.

Hatteras y sus compañeros estaban realmente favorecidos por el tiempo. Su viaje en los días siguientes se hizo sin dificultad, si bien el frío era sumamente intenso y el mercurio permanecía helado en el termómetro. Si hubiese hecho viento, ningún viajero hubiera podido soportar una temperatura tan baja. El doctor confirmó en aquella ocasión la exactitud de las observaciones de Parry, durante su excursión a la isla de Melville. El célebre marino dice que por mucho que sea el frío, con tal que la atmósfera esté tranquila, un hombre convenientemente abrigado puede salir impunemente al aire libre; pero como se levante un poco de viento, se experimenta en la cara un escozor doloroso y un dolor de cabeza tan vivo que a él sucede muy pronto la muerte. El doctor no las tenía, pues, todas consigo, sabiendo que una ráfaga repentina les hubiera helado a todos hasta la médula de los huesos.