Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Muy bien dicho —exclamó Johnson—. Además, cuando se puede dar a todas estas tierras un nombre especial parecen ya una cosa distinta, y se adquiere el derecho de no considerarse como abandonado en un continente desconocido.
—Sin contar —replicó Bell— con que asà se simplifican las instrucciones durante un viaje, y se facilita la ejecución de las órdenes. Podrá ser que nos veamos obligados a separarnos durante alguna expedición o en una cacerÃa, y nada mejor para encontrar un camino que saber cómo se llama.
—Pues bien —dijo el doctor—, puesto que acerca del particular estamos todos de acuerdo, procuremos ahora entendernos respecto de los nombres que vamos a dar, y no olvidemos ni nuestro paÃs, ni a nuestros amigos, en la nomenclatura. En cuanto a mÃ, cuando recorro un campo, nada me causa tanta alegrÃa como ver el nombre de un compatriota en el extremo de un cabo, al lado de una isla o en medio del mar. Asà interviene de una manera encantadora la amistad en la geografÃa.
—Tenéis razón, doctor —respondió el americano—. Y, además, decÃs las cosas de una manera que aumenta mucho su precio.

—Veamos —respondió el doctor—, procedamos con orden.