Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Entonces el doctor adaptó a él los hilos conductores que estaban en contacto con la pila, la cual, colocada en la casa de hielo, estaba preservada de la helada por el calor de las estufas. Desde allí los hilos subían hasta la linterna.
Todo se estableció rápidamente, y se aguardó la puesta del sol para gozar del efecto. Por la noche, las dos puntas del carbón, mantenidas en la linterna a una distancia conveniente, se acercaron una a otra, y haces de una luz intensa, que el viento no podía moderar ni extinguir, brotaban del fanal. Era un maravilloso espectáculo el que ofrecían aquellos rayos deslumbradores, cuyo resplandor, rivalizando con la blancura nítida de las llanuras, dibujaba vivamente los contornos de todas las prominencias circundantes. Johnson palmoteó con entusiasmo.
—He aquí —dijo— a Mr. Clawbonny, que nos ha fabricado un sol.
—Es preciso hacer algo de todo —respondió modestamente el doctor.

El frío puso fin a la admiración general, y todos fueron a acurrucarse entre mantas.