Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Es de suponer —repuso el americano—; porque el mar libre, que los capitanes Penny y Belcher vieron cerca de las costas de la Tierra de Grinnel, Morton, el teniente de Kane, lo percibió igualmente en el estrecho que lleva el nombre del atrevido sabio.
—No estamos en el mar de Kane —respondió con sequedad Hatteras—, y, por consiguiente, no podemos cerciorarnos del hecho.
—Es de suponer, al menos —dijo Altamont.
—Seguramente —replicó el doctor, que querÃa evitar una discusión inútil—. Lo que piensa Altamont debe de ser verdad. No oponiéndose a ello disposiciones particulares de los terrenos circundantes, los mismos efectos se producen bajo las mismas latitudes. AsÃ, pues, yo creo en el mar libre en el Este lo mismo que en el Oeste.
—¡De todos modos, poco nos importa! —dijo Hatteras.
—No digo yo lo mismo, Hatteras —respondió el americano, a quien la indiferencia afectada del capitán empezaba a exasperarle—, la cosa podrá tener para nosotros cierta importancia.
—¿Cuándo?
—Cuando pensemos en la vuelta.
—¡En la vuelta! —exclamó Hatteras—. ¿Y quién piensa en ella?