Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Razón tenéis sin duda, maestre Cornhill —repuso un tercer marino—. ¿No os ha llamado también la atención ese tajamar que cae derecho al agua?
—Agrega —dijo el maestre Cornhill— que es un tajamar revestido de una cuchilla de acero fundido, afilada como una navaja de afeitar, que es capaz de rebanar un navÃo de tres puentes, si el Forward, navegando a todo vapor, le coge por un flanco.
—Seguro —respondió un piloto de la Mersey—, porque el tal bergantÃn con su hélice se traga catorce nudos por hora. Daba gusto, cuando se hizo la prueba, verlo cortar las aguas. Es un andador de primera.
—Y a la vela, no digo nada —repuso el contramaestre Cornhill—; pica el viento como ningún otro, y se gobierna como se quiere. O yo no me llamo por mi nombre, o el tal bergantÃn se dispone a explorar las aguas polares. Otra circunstancia: ¿Habéis observado de qué manera tan particular está articulado su gobernalle?
—Es verdad —respondieron los interlocutores de Cornhill—, ¿y eso qué prueba?
—Prueba —respondió el contramaestre con una desdeñosa satisfacción— que vosotros no sabéis de la misa la mitad, que no acertáis a ver y que no reflexionáis; prueba que se ha querido dar juego al gobernalle para poder más fácilmente ponerlo o quitarlo. ¿Ignoráis que en medio de los hielos es ésta una maniobra que se repite con frecuencia?
