Cinco semanas en globo

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-¡Pero algún indicio habría! -repuso Kennedy.

-Pues bien -dijo el doctor-, me parece que el barómetro tiene una ligera tendencia a bajar.

-¡El cielo te oiga, Samuel! Porque estamos clavados al suelo como un pájaro con las alas rotas.

-Con una diferencia, sin embargo, amigo Dick: nuestras alas están intactas y espero que todavía podamos utilizarlas.

-¡Viento! ¡Viento! -exclamó Joe-. ¡Viento con que trasladarnos a un arroyo, a un pozo, y no nos faltará nada! Tenemos víveres suficientes, y con agua aguardaríamos un mes sin sufrir. ¡Pero la sed es una cosa horrible!

La sed, así como la contemplación incesante del desierto, fatiga la mente. No había ni un accidente del terreno, ni un montículo de arena, ni un guijarro donde descansar la mirada. Aquella llanura descorazonadora causaba esa desazón conocida como enfermedad del desierto. La impasibilidad de aquel árido azul del cielo y aquel amarillo inmenso de la arena acababan por asustar. En aquella atmósfera incendiada, el calor parecía vibrar, como encima de una fragua incandescente; el corazón se desesperaba ante aquella calma inmensa, y no se entreveía ninguna razón para que cesase aquel estado de cosas, pues la inmensidad es una especie de eternidad.


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