Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo Aquellos tres compañeros, aquellos tres amigos se miraban con ojos extraviados, con un sentimiento de avidez bestial que se pintaba principalmente en el semblante de Kennedy, cuyo vigoroso organismo sucumbía antes a aquellas intolerables privaciones. Durante todo el día estuvo delirando; iba y venía lanzando gritos roncos, mordiéndose los puños, dispuesto a abrirse las venas para apagar su sed con su propia sangre.
-¡Ah! -exclamó-. ¡País de la sed! ¡Mejor deberías llamarte país de la desesperación!
Cayó luego profundamente postrado, y no se oyó más que el silbido de su respiración entre sus labios abrasados.
Al anochecer, Joe fue acometido a su vez por un principio de locura. Aquella interminable sábana de arena la parecía un inmenso estanque de limpias y cristalinas aguas, y más de una vez se puso de bruces en la inflamada arena para beber, y se levantó con la boca llena de polvo.
-¡Maldición! -dijo con cólera-. ¡Es agua salada!