Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo El doctor se mantuvo constantemente a una altura que variaba entre doscientos y quinientos pies. Kennedy descargaba con frecuencia su carabina. Cuando sobrevolaban las islas, los viajeros se acercaban a tierra imprudentemente, registrando con la mirada los cotos, los matorrales, los jarales, los puntos sombríos, todas las desigualdades de las rocas capaces de dar asilo a su compañero. Bajaban hasta situarse muy cerca de las largas piraguas que surcaban el lago. Los pescadores, al verles, se precipitaban al agua y regresaban a su isla, sin disimular en absoluto el miedo que sentían.
-No se ve nada -dijo Kennedy, después de dos horas de búsqueda.
-Aguardaremos, Dick, sin desanimarnos; no debemos de estar lejos del lugar del accidente.
A las once, el Victoria había avanzado noventa millas. Encontró entonces una nueva corriente que, en ángulo casi recto, lo impelió unas sesenta millas hacia el este. Planeaba sobre una isla muy extensa y poblada que, en opinión del doctor, debía de ser Farram, donde se encuentra la capital de los biddiomahs. Al doctor Fergusson le parecía que de todos los matorrales veía salir a Joe escapándose y llamándole. Libre, lo hubieran cogido sin dificultad; preso, se hubieran apoderado de él repitiendo la maniobra empleada con el misionero; pero nada apareció, nada se movió. Motivos había para desesperarse.