Cinco semanas en globo

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Era el Sonray, con sus aldeas pobladas de chozas, cuyos techos presentan cierta semejanza con gorros armenios. Había pocas montañas, reduciéndose éstas a colinas muy bajas que forman barrancos y despeñaderos incesantemente cruzados por chochas y pintadas. Un impetuoso torrente cortaba en diversos puntos las sendas, que los indígenas atravesaban agarrándose a un bejuco tendido entre dos árboles. Los bosques iban poco a poco siendo reemplazados por junglas donde se agitaban caimanes, hipopótamos y rinocerontes.

-No tardaremos en ver el Níger -anunció el doctor-; el terreno se metamorfosea en la proximidad de los grandes ríos. Esos caminos andantes, según una feliz expresion, han traído con ellos primero la vegetación y más adelante traerán la civilización. Así es como el Níger, en su trayecto de doscientas cincuenta millas, ha sembrado en sus márgenes las más importantes ciudades de África.

-Eso -dijo Joe- me recuerda la historia de aquel gran admirador de la Providencia, de la cual decía que era acreedora a sus aplausos por haber hecho pasar los ríos por las grandes ciudades.

Hacia mediodía, el Victoria pasó sobre una población llamada Gao, que fue en otro tiempo una gran capital y a la sazón se hallaba reducida a una aglomeración de chozas bastante miserables.


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