Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -¡Qué alivio! -dijo el doctor, dejando el anteojo-. No es un nubarrón.
-¿Cómo que no? -exclamó Joe.
-¡No! ¡Es una nube!
-Pues eso es lo que decimos.
-Pero una nube de langostas.
~¡De langostas!
-Como lo oyes. Millones de langostas pasarán sobre estas tierras como una tromba, y desgraciada será la comarca que sirva de teatro a sus devastaciones.
-Quisiera ver eso.
-Lo vas a ver, Joe -dijo el doctor-. Dentro de diez minutos, esa nube nos alcanzará y juzgarás por ti mismo.
Fergusson no mentÃa. Aquella nube espesa, opaca, de varias millas de extensión, llegaba con un ruido atronador, proyectando en la tierra su inmensa sombra. Era una innumerable legión de esas langostas a las que se da el nombre de caballejos. A cien pasos del Victoria, se precipitaron sobre un territorio alfombrado de verdor; un cuarto de hora después, la masa reemprendÃa el vuelo y los viajeros aún podÃan distinguir de lejos los árboles desprovistos de hojas y las praderas convertidas en rastrojos. Hubiérase dicho que un repentino invierno habÃa sumido la campiña en la esterilidad más completa.
-¿Qué te ha parecido, Joe?