De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna El nombre de Michel Ardan no era desconocido en América. Era el nombre de un europeo muchas veces citado por sus atrevidas empresas. Además, aquel telegrama que habÃa atravesado las profundidades del Atlántico, la designación del buque en que el francés decÃa haber tomado pasaje, la fecha fija de su llegada próxima, eran circunstancias que daban a la proposición ciertos visos de verosimilitud. La empresa requerÃa, sin duda, un valor inaudito. Pronto los individuos aislados se agruparon: los grupos se condensaron bajo la acción de la curiosidad como en virtud de la atracción molecular se condensan los átomos, y al cabo se formó una multitud compacta que se dirigió al domicilio del presidente Barbicane. Éste, desde la llegada del telegrama, no habÃa manifestado acerca de él opinión alguna, habÃa dejado a J. T. Maston descubrir la suya sin aprobar ni desaprobar: se mantenÃa al pairo, y se proponÃa aguardar los acontecimientos.
Pero echaba las cuentas sin la huésped; pues no contaba con la impaciencia pública, y vio con muy poca satisfacción a los habitantes de Tampa reunirse bajo sus ventanas. Los murmullos, los gritos y las vociferaciones le obligaron a presentarse. TenÃa todos los deberes, y por consiguiente, todas las obligaciones de la celebridad.