De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Miguel aplicó la mecha inflamada a un aparato que ponía en comunicación instantánea a los cohetes. No se oyó detonación alguna en la parte exterior, donde faltaba el aire. Pero por las lumbreras, vio Barbicane un fogonazo prolongado que se apagó al punto. El proyectil sufrió una sacudida que se percibió muy distante en lo interior. Los tres amigos miraban, escuchaban sin hablar, respirando apenas; podían oírse los latidos de sus corazones en medio de aquel absoluto silencio.
—¿Caemos? —preguntó por último Miguel Ardán.
—No —respondió Nicholl—; puesto que el fondo del proyectil no se vuelve hacia el disco lunar.
En aquel momento, Barbicane, apartándose del cristal de la lumbrera, se volvió hacia sus compañeros, los cuales le vieron horriblemente pálido, con la frente arrugada y los labios contraídos.
—¡Caemos! —dijo.
—¡Ah! —exclamó Miguel Ardán—. ¿Hacia la Luna?
—Hacia la Tierra —respondió Barbicane.
—¡Diablo! —exclamó. Ardán. Añadió luego, filosóficamente—: ¡Bueno! ¡Al entrar en el proyectil pensábamos que no sería fácil salir de él!