De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Comenzaba, en efecto, aquella espantosa caída. La velocidad que conservaba el proyectil le había llevado más allá del punto muerto, sin que pudiera impedirlo la explosión de los cohetes. Aquella velocidad que, a la ida, había arrastrado al proyectil fuera de la línea neutral, lo arrastraba también a la vuelta. La física exigía que, en su órbita elíptica, “volviera a recorrer todos los puntos por donde había pasado antes”.
Era una caída terrible; desde una altura de 78,000 leguas y que ningún muelle ni resorte podía debilitar. Con arreglo a las leyes de la balística, el proyectil debía dar en la Tierra con una velocidad igual a la que lo animaba al salir del columbia, o sea, a una velocidad de 16,000 metros en el último segundo.
Y para dar una idea de comparación, diremos que se ha calculado que un objeto arrojado desde la parte más alta de las torres de Nuestra Señora de París, cuya altura no pasa de los 200 pies, llega al suelo con una velocidad de 120 leguas por hora. En el caso a que nos referimos, el proyectil debía caer en la Tierra con una velocidad de “cincuenta y siete mil seiscientas leguas por hora”.
—¡Estamos perdidos! —dijo fríamente, Nicholl.