De la Tierra a la Luna

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Para obviar este inconveniente, el ingeniero Murchison corrió a San Francisco, mandó construir garfios enormes de un sistema automático, que, una vez sujeto al proyectil entre sus enormes tenazas, no le soltaría más. Mandó preparar asimismo escafandras, que bajo la cubierta impermeable y resistente, permitían a los buzos reconocer el fondo del mar, y embarcó también a bordo de la Susquehanna aparatos de aire comprimido, muy ingeniosamente dispuestos. Eran camarotes con lumbreras, y que el agua, introducida en ciertos compartimientos, podía arrastrar a grandes profundidades. Estos aparatos existían en San Francisco, donde habían ido para la, construcción de un dique submarino; y era una fortuna, porque no, hubiera habido tiempo para construirlos,

No obstante, a pesar de la perfección de aquellos aparatos y del talento de los sabios que habían de usarlos, el éxito de la operación no era muy seguro, ni con mucho. ¡Cuántas eventualidades, desconocidas, puesto que se trataba de buscar el proyectil a veinte mil pies bajo el agua! Además, aun en el caso de que pudiera sacársele a la superficie, ¿cómo habían podido los viajeros soportar el golpe que, sin duda, los veinte mil pies de agua no habrían podido amortiguar?


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