De la Tierra a la Luna

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Comenzó el descenso a la una y veinticinco minutos de la tarde; y la cámara, arrastrada por sus recipientes llenos de agua, desapareció bajo la superficie del océano. Los oficiales y marineros de a bordo dividían ya su interés entre los prisioneros del proyectil y los del aparato submarino. En cuanto a éstos, se olvidaban de sí mismos, y pegados a los cristales de las lumbreras, observaban atentamente las masas líquidas que atravesaban. La bajada fue muy rápida; a las dos y diecisiete minutos, J. T. Maston y sus compañeros habían llegado al fondo del Pacífico, Pero nada vieron a no ser un desierto árido, que ni la fauna ni la flora marítima animaban ya. A la luz de sus lámparas provistas de fuertes reflectores, podían observar las oscuras capas de agua en un radio muy extenso, pero el proyectil permanecía invisible para ellos.

Es imposible describir la impaciencia de aquellos atrevidos buzos. Como su aparato se hallaba en comunicación con la corbeta, hicieron una señal convenida de antemano, y la Susquehanna paseó por espacio de una milla la cámara, suspendida a unos cuantos metros del suelo.

En esa forma exploraron toda la llanura submarina engañados a cada instante por ilusiones de óptica que les traspasaban el corazón. Aquí una roca, allí una desigualdad del suelo; les parecía el proyectil deseado; pero luego reconocían su error y se desesperaban.


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