De la Tierra a la Luna

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-Sin duda -respondió Elphiston-. Pero complicaríamos la operación. Me atengo, pues, a mi pólvora de grano grueso que allana todas las dificultades.

-Sea -respondió el general.

-Para cargar su columbiad -añadió el mayor-Rodman empleaba una pólvora de granos gruesos como castañas, hecha con carbón de sauce, tostado sencillamente en calderas de hierro fundido. Era una pólvora dura y brillante, que no manchaba la mano; contenía una gran proporción de hidrógeno y de oxígeno, se inflamaba instantáneamente y, aunque muy desmenuzable, no deterioraba sensiblemente las bocas de fuego.

-Me parece, pues -respondió J. T. Maston-, que no debemos vacilar y que la elección está hecha.

-A no ser que prefiráis la pólvora de oro -replicó el mayor riendo, to que le valió un ademán amenazador con que le contestó la mano postiza de su susceptible amigo.

Hasta entonces, Barbicane se había abstenido de tomar parte en la discusión. Dejaba hablar y escuchaba. Evidentemente meditaba algo. Se contentó con preguntar sencillamente:

-¿Y ahora, amigos, qué cantidad de pólvora proponéis? Los tres miembros del Gun-Club se miraron mutuamente por un instante.

-Doscientas mil libras -dijo, por fin, Morgan.

-Quinientas mil -replicó el mayor.


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