El Chancellor
El Chancellor Por lo tanto, sin perder tiempo, Roberto Kurtis, el ingeniero Falsten, el carpintero y diez marineros provistos de sierras y hachas cortan y arreglan las vergas antes de lanzarlas al mar, para que no les quede otra cosa que hacer sino unirlas fuertemente y disponer una armazón sólida sobre la que repose la plataforma de la balsa, que medirá cuarenta pies de largo por veinticinco de anchura.
Los pasajeros y el resto de la tripulación continuamos achicando el agua con las bombas. Andrés Letourneur a quien su padre no cesa de mirar con profunda emoción, se encuentra a mi lado. ¿Qué será de este joven sí tiene que luchar contra las olas en circunstancias en que una persona bien constituida no se salvaría sino con trabajo? En todo caso, seremos dos a ayudarle y no lo abandonaremos.
Se ha ocultado la inminencia del peligro al señor Kear, que está casi sin conocimiento a causa de un gran sopor.
La señorita Herbey se ha presentado varias veces en el puente, aunque por breves instantes. El cansancio la tiene pálida, pero continúa fuerte; le recomiendo que esté dispuesta para cuanto pueda sobrevenir.
—Yo siempre estoy dispuesta, caballero —me responde la valerosa joven, que vuelve en seguida al lado de la señora Kear.