El Chancellor
El Chancellor Andrés Letourneur sigue a la joven con la vista, y en su rostro se refleja un sentimiento de tristeza.
Hacia las ocho de la noche se encuentra ya casi terminada la armazón de la balsa; luego, se bajan a ella barriles vacíos y herméticamente cerrados, destinados a asegurar la flotación del aparato y que deben sujetarse sólidamente a los maderos de repuesto.
Dos horas después se oyen grandes gritos en la toldilla, donde se presenta gritando el señor Kear.
—¡Que nos hundimos! ¡Que nos hundimos!
Inmediatamente veo a la señorita Herbey y a Falsten que llevan en brazos a la señora Kear desmayada.
Roberto Kurtis corre a su camarote para volver inmediatamente con una carta, un sextante y una brújula.
Resuenan gritos de angustia, y se produce gran confusión a bordo. La tripulación precipítase hacia la balsa, cuya armazón, a la que aun falta la plataforma, no puede sostenerla.
Imposible decir todos los pensamientos que en este instante cruzan por mi mente, ni pintar la rápida visión de toda mi vida que se ofrece a mi imaginación, como si se concentrara en este minuto supremo en que está a punto de terminar. Bajo mis pies se doblan las tablas del puente, y el agua sube alrededor del buque como si el océano se abriera bajo su quilla.