El Chancellor
El Chancellor Hacia las cinco de la tarde la señora Kear, nuestra compañera de infortunio, ha dejado de sufrir, pasando a mejor vida, después de una dolorosa agonía, tal vez sin haberse dado cuenta de lo terrible de su situación. Ha exhalado algunos suspiros, y todo ha concluido; la señorita Herbey la ha cuidado con cariñosa solicitud hasta el último momento, manifestándole una adhesión que nos ha conmovido a todos profundamente.
La noche ha transcurrido sin incidentes. Por la mañana, al amanecer, he estrechado la mano de la muerta, que estaba fría, y cuyos miembros estaban ya rígidos, y como el cadáver no puede permanecer más tiempo en la gavia, la señorita Herbey y yo lo envolvemos en sus vestidos, se rezan algunas oraciones por el descanso eterno de su alma, y la primera víctima de tantas miserias es arrojada al mar.
En aquel momento uno de los hombres que se encuentran en los obenques pronuncia estas espantosas palabras:
—¡Ése es un cadáver que echaremos de menos!
Me vuelvo. Es Owen el que ha hablado.
Efectivamente, se me ocurre pensar que quizá los víveres lleguen a faltarnos algún día.
