El Chancellor

El Chancellor

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Entonces nos acomete una ansiedad dolorosísima, pues precisamente cuando el buque desciende al abismo es cuando nuestra única tabla de salvación se aleja a la deriva.

Dos marineros y un grumete, perdiendo el juicio, se tiran al mar, pero en vano tratan de luchar contra el oleaje. Pronto se hace evidente que no podrán alcanzar la balsa, ni volver a la embarcación, teniendo en contra de ellos el viento y el oleaje. Robert Kurtis ata un cabo a su cintura y se precipita a socorrerlos. ¡Esfuerzo inútil! ¡Antes de que hubiera podido llegar a donde estos tres infortunados, que intentan resistir, desaparecen, después de abrir vanamente los brazos hacia nosotros!

Recogemos a Robert Kurtis, totalmente contusionado por esta especie de resaca que bate la base de los mástiles.

Mientras tanto, Daoulas y sus marineros, por medio de tablas, de las que se sirven a guisa de remos, tratan de volver hacia la embarcación. Más después de una hora de esfuerzos, —una hora que nos parece un siglo, una hora durante la cual el mar sube hasta el nivel de la borda —la balsa, que se había alejado sólo dos largos de amarra[1], puede acercarse de nuevo al Chancellor. El contramaestre le echa una amarra a Daoulas, y la balsa es atada de nuevo a la base del palo mayor.


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