El Chancellor
El Chancellor No hay tiempo que perder, pues un remolino violento se apodera del armazón inmerso del navÃo, y unas burbujas enormes de aire suben en gran número a la superficie del agua.
—¡Embarcar! ¡Embarcar! —Grita Robert Kurtis.
Nos precipitamos sobre la balsa. Andrés Letourneur, después de haber cuidado de la instalación de la señorita Herbey llega afortunadamente a la plataforma. Su padre se junta enseguida con él. Un instante después, todos nosotros nos embarcamos, salvo el capitán Kurtis y el viejo marinero O’Ready.
Robert Kurtis, en pie sobre una gran gavia, no quiere dejar su embarcación hasta ver como desaparece en el abismo. Es su deber y es su derecho. ¡El Chancellor al que quiere, en el qué todavÃa manda. Notamos como la emoción le embarga el corazón en el momento de dejarlo!
El irlandés está sobre el palo del trinquete.
—¡Embarca, viejo! Le grita el capitán.
—¿La embarcación se hunde? Pregunta el testarudo con la sangre frÃa más grande del mundo.
—Se va a pique.
—Entonces embarco, responde O’Ready, cuando el agua ya le llega a la cintura.
Y, sacudiendo la cabeza, se lanza sobre la balsa.