El Chancellor
El Chancellor —Señor Letourneur —le he respondido—, en la desgracia que ha herido a su hijo y a usted por consiguiente, no atribuye usted a cada uno la parte que le corresponde. Andrés es digno de compasión, sin duda; pero ¿no significa nada, el amor que usted le profesa? Una enfermedad fÃsica se sufre mejor que un dolor moral, y el dolor moral es todo para usted. Observo atentamente a su hijo y veo que si alguna cosa le disgusta es la aflicción de usted…
—Se la oculto cuanto puedo —responde el señor Letourneur—, y mi única preocupación es distraerlo en todos los momentos de su vida. He conocido que, a pesar de la enfermedad, tiene la pasión de los viajes, porque su alma posee piernas y hasta alas, y desde hace muchos años viajamos juntos. Hemos visitado toda Europa primero y ahora acabamos de recorrer los principales Estados de la Unión. No queriendo enviarlo a un colegio, lo he educado yo mismo y esta educación la completo por medio de los viajes. Andrés está dotado de una inteligencia viva y de una imaginación ardiente; es sensible y a veces me complazco en creer que olvida su enfermedad apasionándose por los grandes espectáculos de la naturaleza.
—SÃ, señor… sin duda… —le digo asintiendo con un movimiento de cabeza.