El Chancellor

El Chancellor

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La salud del teniente Walter no deja de preocuparnos cada vez más. Este joven hombre arde por una fiebre lenta que se manifiesta por accesos irregulares. Posiblemente el sulfato de quinina combatiría esta fiebre. Más, repito, la inmersión del alcázar del Chancellor fue tan rápida, que no hubo tiempo de salvar la caja de farmacia de a bordo, que desapareció en los remolinos. Además, este pobre chico seguramente esta tísico, y, desde hace algún tiempo, esta incurable enfermedad se ha ido agravando en él. Los síntomas exteriores no pueden engañarnos. Walter tiene ataques de tos seca; respira con dificultad, y transpira abundantemente, sobre todo por la mañana; está adelgazando, su nariz se afila, sus pómulos salientes destacan por su coloración sobre la palidez general de la cara, sus mejillas se hunden, sus labios se retraen, y sus conjuntivas están relucientes y ligeramente azuladas. A nada que la dolencia estuviese un poco adelantada, la medicina no podría hacer nada ante este mal que no perdona.







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