El Chancellor

El Chancellor

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El día 20, la misma temperatura, la misma inmovilidad de la balsa. Los rayos ardientes del sol perforan la tela de nuestra tienda, y agobiados por el calor, nos dificulta la respiración. ¡Con qué impaciencia esperamos el momento en el que el contramaestre nos distribuye la ración tan somera de agua! ¡Con qué avidez nos precipitamos sobre estas gotas de líquido caliente! Quien no ha padecido los tormentos de la sed no sabría comprenderlo.

El teniente Walter esta muy alterado, y es el que más sufre de todos nosotros por esta escasez de agua. Vi a la señorita Herbey reservar para él, la ración casi entera de agua que le es asignada a ella. Compasiva y caritativa, esta joven chica hace todo lo que puede, si no para apaciguar, por lo menos para atenuar los sufrimientos de nuestro infortunado compañero.

Hoy, la señorita Herbey me dice:

«Este infortunado se debilita más cada día, señor Kazallon.

—¡Sí, señorita, respondo, y no podemos hacer nada por él!

—¡Hablemos bajo, dice la señorita Herbey, podría oírnos!».

Luego, va a sentarse a la extremidad de la balsa, y, con la cabeza apretada sobre sus manos, permanece pensativa.


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