El Chancellor

El Chancellor

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La brisa no se ha levantado hasta que ha salido la luna, que es casi llena; pero, como las noches en los trópicos son frescas, experimentamos algún alivio. Durante el día la temperatura es insoportable y hay que admitir, en vista de tan sostenida elevación, que la balsa ha sido arrastrada considerablemente hacia el Sur. En cuanto a la tierra, ni siquiera tratamos de observar si existe, pareciéndonos que el globo terrestre no es otra cosa que una esfera líquida. ¡Siempre y por todas partes el océano infinito!

El día 10 reinan la misma calma y la misma temperatura. Parece que el cielo nos envía una lluvia de fuego y que respiramos aire inflamado. Nuestra sed es irresistible y llegamos a olvidar los tormentos del hambre, anhelando con furiosos deseos el momento en que Roberto Kurtis distribuya las pocas gotas de agua de nuestra ración. ¡Ah! ¡De qué buena gana beberíamos hasta hartarnos, aunque se agotara nuestra reserva y muriéramos después!

En este momento, las doce del día, uno de los compañeros acaba de ser atacado por dolores agudos que le hacen prorrumpir en espantosos gritos. Es el miserable Owen que, echado a proa, se retuerce entre convulsiones horribles.

Cualquiera que haya sido su conducta, la humanidad manda que lo socorramos, y me acerco a él.


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