El Chancellor
El Chancellor El 12 de enero no hemos bebido agua, porque la última gota se había consumido el día antes.
En el cielo no hay ninguna nube que pueda dar un poco de lluvia, y un termómetro centígrado marcaría cuarenta grados a la sombra, si hubiera sombra en la balsa.
El día 13 continuamos en la misma situación. El agua del mar comienza a roerme los pies hasta la carne, pero apenas me preocupa esto. En cuanto a los que padecen ya este mal, no se encuentran peor.
¡Ah! ¡Cuando pienso que evaporando o solidificando el agua que nos rodea podríamos hacerla potable! Reducida a vapor o a hielo, perdería toda la sal y podríamos beberla; pero no tenemos aparatos para practicar esta operación.
Hoy, a riesgo de ser devorados por los tiburones, se han bañado el contramaestre y dos marineros, y este baño les ha proporcionado algún alivio, refrescándoles en cierto modo. Tres de nuestros compañeros y yo, que apenas sabemos nadar, nos hemos atado a una cuerda y hemos permanecido media hora en el mar, mientras que Roberto Kurtis vigilaba las aguas; pero, por fortuna, ningún tiburón se ha aproximado. A pesar de nuestras instancias y de sus padecimientos, la señorita Herbey no ha querido imitarnos.
Hacia las once de la mañana del día 14, el capitán se acerca a mí y me dice en voz baja y al oído: